Helio
y Carne
Veo omóplatos y vértebras, tu mialgia desde los
péndulos, imposibles, entrenzados, nicotinizados. Soy la mujer que levita en
las noches blancas, en las sinagogas de los desnutridos, en las frentes de los
mártires. Tengo pulgas que deambulan en mis goteras, a cuatro ruedas, a
decibeles neuróticos. He fumado mi sangre a punta de catéteres. Pero esta mujer
de cuerpo histriónico ha olvidado su vaivén necrófilo.
En las
tardes me raptan a iglesias, colocan crucifijos en mis senos, como si fuera
Sodoma o la codicia de la siembra en los inviernos. Somos dos úteros en las
alcancías de los niños que hacen malabares en las calles. No dejan que la gula
se injerte en mis encías. Pretendes que ella salga de mi garganta. Imposible
dejarme huérfana. Soy Helio, la sombra de su sombra; hemos vivido juntas desde la
oscuridad cuando gemimos al final de esa vagina mutilada, bendita.
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