viernes, 5 de julio de 2019

LA MUJER DE HELIO - vii (Agorafobia)


vii (Agorafobia)

Hay demasiados esqueletos caminando a mi alrededor no me dejan llorar. Me encierro en el baño desnudo el riñón simulo lo indispensable. Lloro. Maldigo. Lloro. Doy círculos. Me desesperan las voces que me dicen “tírate”. La mielina es un fantasma en mis axones vagabundos. Necesito escapar. Muerdo mis uñas. Hay sangre en mis ojos de insomnio. Me arden las ventanas las puertas. Hay cordura en mis labios. Hay humanos demasiados humanos. Cerebros fábricas. Quiero huir. Debo huir. Las farmacias semejan una juguetería. Amo las farmacias compraré muchos juguetes dos muñecas para romperles la médula engendrarles dragones en sus faldas carnosas ¿Por qué no soy como los esqueletos ambulantes? Hay felicidad insecticida en sus vientres flores oficinas anteojos carteras. Nunca entendí esto de usar tacones y periódicos. Es tarde el día cumple su meridiano de lámpara. Es tarde. Debo cancelar la cuenta de la caja electrónica. Sonreír porque se notan las lágrimas.
No deben verme. No hoy que me he sacado la máscara.



LA MUJER DE HELIO - vi (Bilis)

vi (Bilis)


Me pasa por sacarme el chaleco anti-dagas. Por sembrar piedritas en el riachuelo, por confiar como siempre en que la mierda vuelve al humus. Y después reclaman la inconstancia de mis pies en el concreto. Debo arrancarme las lágrimas y la bilis del ánfora. Retorno al fantasma. Me entretengo derramando sangre por los orificios de los orificios que me llaman desde un tumulto de tejido fibroso y mal oliente. El pulso, su tic-tac como relámpago me llena los pulmones de oquedad, me hastía. Cómo si no fuera la mujer que te crece en los omóplatos. Cómo si una migaja te bastara, cómo si no supieras que me evaporo sigilosa, que sólo duele el inicio, que escapo a suicidarme a mis tumbas, que me saco los huesos, que muerdo mi lengua, que purgo las arañas de mi vientre, como si fuera de piedra. Me pasa por jugar a ser humana.

LA MUJER DE HELIO - v (La Cueva De B)

v (La Cueva De B)


B es un San Francisco moderno que usa lenguaje coloquial, juega con los burgueses y le hace preguntas que no tienen respuestas. Sonríe desde las tumbas. Tiene migraña en los talones.
La mujer de helio visita su tempestad y se infla. Coagula las pupilas y ríe gotas. Ambos beben su dolor en copas saturnales. Se injertan silencios en las uñas. B tiene a la bruja de la hambruna junto a su tálamo, ella muerde su esqueleto y colecciona las burbujas que B fragua en la bañera. Le importa poco que no sea ella el residuo de los besos. Le importa un carajo que la hornilla esté abierta y ella le tiente a encender un cigarro mientras soporta el peso de los suicidas en sus bronquios.
B no entiende la sonrisa chueca de la mujer de helio, ni la alcanza cuando viaja al caos. Acaricia las teclas de sus muelas, inventa orgías en el invierno de un pedazo de pentagrama. La oscura lo mira y se irrita, me escucha y me empuja a su puerta apolillada.
B siempre quiere exiliarse aunque haga prometer al helio que abrace el cordón umbilical con rabia y garras. Se llena los bolsillos con mafaldas, dice que las piedras pasaron de moda. Cocina, entrevista, canta, escribe.
La sonrisa gastada de B firma autógrafos en las veredas. Se mofa, de los que lo piensan feliz. Antes de dormir escoge el cuerpo para el día siguiente,  ha conseguido los mejores disfraces como para no repetir ni uno sólo en la semana.
 


LA MUJER DE HELIO - iv (Influencias-Lecturas: La Espontaneidad Dadaísta)



una obra comprensible es un producto de periodistas.”
-Samuel Rosenstock-

Habrá que disecar la palabra que nace en las tinieblas, clavarla cual falos, fotocopiar su guiño. Porque es tan puta como un hombre enamorado, porque de incoherencias saldrán los nuevos vocablos.
El artista —finaliza la mujer de helio— es como mi grito, sólo existe cuando los oídos del mundo se atrofian.

Me gusta observar la desnudez del helio, su pubis metálico.

LA MUJER DE HELIO - iii (Los Escribidores)

iii (Los Escribidores)

Entre el jardín y la mesa viven escribidores atrapados en smokings soñando el sueño que tuve hace dos siglos. Es muy tarde, me he ido, he dejado el cuerpo perforado, la sonrisa y su juerga muscular. No necesito pies para sembrar terror en las vías. Ni la péndola. Ni el papel calcinado entre mis dedos. Tengo dos libros en las sienes. La mujer de helio me enreda en sus piernas, mastica mis pezones hasta arrancarlos. Está enferma de rabia y con el perro atravesado en sus costillas. Debo soportar sus días de témpano, desde acá observo a los escribidores abandonar el suicidio anticipado. Uno de ellos, tiene el corazón de virgen de estampilla.
Cuando la mujer de helio llega al barrio de Midas, abre la boca y expulsa su globo. Se calza los huesos, nervios y arterias debajo de las piernas. Yo la espero. Deposito la lengua a su costado, mientras corro con las venas cual péndulos de sanatorios. Ella cura mis muñecas, adormece la anemia. Ella es fuerte. Ella apretará el gatillo en el desierto.


LA MUJER DE HELIO - II (Los Amantes)


 Los Amantes

La mujer de helio siempre busca al niño en las noches, cuando el perro duerme con las patas al cielo y el rabo al infierno. Las manos deambulan por la metrópolis de calles amputadas y veredas diminutas, simulan una araña escapando de una mosca —las sombras alteran la realidad—. El novio y la mujer de helio sonríen, besan sus tobillos; ella le dice que el mundo es una alfombra innecesaria (piensa en sus venas, cierra los ojos), se decapita antes de exponerse a calles desoladas, arranca la boca del novio y se la guarda para estrujarla en la casa de cinco pisos. La mujer de helio se desnuda al llegar a su cuarto, apaga las luces, llora dos vasos, maldice el catre vacío. El novio sólo es novio cuando se le llenan los ojos con helio. Ella en su casa y él metido en su sombrero-refugio, hasta el próximo encuentro. Cuando es tarde para la mujer de helio, cuando se ha tragado un pájaro erecto.
El novio, la mujer de helio, los cuerpos, las manos, el silencio, el mundo que hay en ella, sus ganas de abrirlo y de huir. La mujer de helio engulle al novio  cuando no existe.

CUANDO EL AIRE SE VUELVE POESÍA


LA MUJER DE HELIO - I (El Helio)



Los vestidos y sus pinzas de seda ayer me dieron la espalda. Hay circunstancias en que siento que ando descerebrada de interrogantes. Las muñecas y las princesas me van dejando sola, como si adivinaran la nostalgia que me obnubila los dientes.
Muestro la máscara a la familia pequeña burgués que disimula fantasmas, preocupada por las doce uvas frescas e hipertróficas y, espera que sean las cero horas para soltar las lágrimas contenidas tantos meses: yo los abrazo, les regalo las muelas y se las guardan en sus pelucas.
Me siento malvada por el abismo que gobierna entre mi taza de café y la de té de mi madre, sus manos de mundo y las mías de ciénagas; la ropa de mis hermanos y mis zapatos nuevos y pequeños; mis ojos de ramas y  la pupila de estufa de mi padre, aún veo sus garras beodas de la infancia, y no tanta infancia: el miedo, las ganas de huir. Va en pausas el rostro de mamá, mamá se desviste, esconde heridas, los hijos son más importantes que el cuerpo mutilado de esquinas, de la infidelidad del ogro.


CUANDO EL AIRE SE VUELVE POESÍA

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