una obra comprensible es un producto de periodistas.”
-Samuel Rosenstock-
No
hay nada de nefasto, ni infante, en elucubrar el gorgoteo de anemia en mi
tacto. Hay simbiosis más parásitas que un manojo de huesos y arterias, más
cuando la mancha famélica avanza cual leyenda urbana carente de matices
alegóricos, de argumentos tercermundistas. Es ese el complot del artista que
debería ser demente, demente y mudo con la cicuta que mata embajadores
sardónicos en vez de sócrates. Pero qué zapatos podrían llevarme al retorno del
caos, si al final los túneles tenemos demasiada piel, y poca savia, si al final
sigo en los mismos grados bajo cero. Si para ser artista ahora hay tornillos
que ponerse, hamburguesas que tragarse como pelotas de béisbol. Si la lógica
gobierna la mano que los masturba, entonces el artista es un quimérico orgasmo.
Entonces qué soy.
Habrá que disecar la palabra que nace en las tinieblas, clavarla
cual falos, fotocopiar su guiño. Porque es tan puta como un hombre enamorado,
porque de incoherencias saldrán los nuevos vocablos.
El artista —finaliza la mujer de helio— es como mi grito, sólo
existe cuando los oídos del mundo se atrofian.
Me gusta observar la desnudez del helio, su pubis metálico.
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