iii
(Los Escribidores)
Entre el jardín y la mesa viven escribidores atrapados en smokings
soñando el sueño que tuve hace dos siglos. Es muy tarde, me he ido, he dejado
el cuerpo perforado, la sonrisa y su juerga muscular. No necesito pies para
sembrar terror en las vías. Ni la péndola. Ni el papel calcinado entre mis
dedos. Tengo dos libros en las sienes. La mujer de helio me enreda en sus
piernas, mastica mis pezones hasta arrancarlos. Está enferma de rabia y con el
perro atravesado en sus costillas. Debo soportar sus días de témpano, desde acá
observo a los escribidores abandonar el suicidio anticipado. Uno de ellos,
tiene el corazón de virgen de estampilla.
Cuando la mujer de helio llega
al barrio de Midas, abre la boca y expulsa su globo. Se calza los huesos,
nervios y arterias debajo de las piernas. Yo la espero. Deposito la lengua a su
costado, mientras corro con las venas cual péndulos de sanatorios. Ella cura
mis muñecas, adormece la anemia. Ella es fuerte. Ella apretará el gatillo en el
desierto.
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