I
(El Helio)
Los vestidos y sus pinzas de seda ayer me dieron la
espalda. Hay circunstancias en que siento que ando descerebrada de
interrogantes. Las muñecas y las princesas me van dejando sola, como si
adivinaran la nostalgia que me obnubila los dientes.
Muestro la máscara a la familia pequeña burgués que
disimula fantasmas, preocupada por las doce uvas frescas e hipertróficas y,
espera que sean las cero horas para soltar las lágrimas contenidas tantos
meses: yo los abrazo, les regalo las muelas y se las guardan en sus pelucas.
Me siento malvada por el abismo que gobierna entre mi
taza de café y la de té de mi madre, sus manos de mundo y las mías de ciénagas;
la ropa de mis hermanos y mis zapatos nuevos y pequeños; mis ojos de ramas
y la pupila de estufa de mi padre, aún
veo sus garras beodas de la infancia, y no tanta infancia: el miedo, las ganas
de huir. Va en pausas el rostro de mamá, mamá se desviste, esconde heridas, los
hijos son más importantes que el cuerpo mutilado de esquinas, de la infidelidad
del ogro.
CUANDO EL AIRE SE VUELVE POESÍA

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