viernes, 15 de junio de 2018

El Helio (La Mujer de Helio) - Dina Bellrham


La placenta me quedó chica cuando me arrancaron la raíz del ombligo. La gente desayuna gente y se abriga de huesos, tienen insectos Inter-dactilares, hieden sus fosas nasales, sus mantos de mártires apocalípticos. Desde el génesis que despegué las pestañas supe que había llegado al lugar equivocado.

Los vestidos y sus pinzas de seda ayer me dieron la espalda. Hay circunstancias en que siento que ando descerebrada de interrogantes. Las muñecas y las princesas me van dejando sola, como si adivinaran la nostalgia que me obnubila los dientes.

Muestro la máscara a la familia pequeña burgués que disimula fantasmas, preocupada por las doce uvas frescas e hipertróficas y, espera que sean las cero horas para soltar las lágrimas contenidas tantos meses: yo los abrazo, les regalo las muelas y se las guardan en sus pelucas.


Me siento malvada por el abismo que gobierna entre mi taza de café y la de té de mi madre, sus manos de mundo y las mías de ciénagas; la ropa de mis hermanos y mis zapatos nuevos y pequeños; mis ojos de ramas y la pupila de estufa de mi padre, aún veo sus garras beodas de la infancia, y no tanta infancia: el miedo, las ganas de huir. Va en pausas el rostro de mamá, mamá se desviste, esconde heridas, los hijos son más importantes que el cuerpo mutilado de esquinas, de la infidelidad del ogro.



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