La placenta me quedó chica cuando me
arrancaron la raíz del ombligo. La gente desayuna gente y se abriga de huesos,
tienen insectos Inter-dactilares, hieden sus fosas nasales, sus mantos de
mártires apocalípticos. Desde el génesis que despegué las pestañas supe que había
llegado al lugar equivocado.
Los vestidos y sus pinzas de seda ayer me
dieron la espalda. Hay circunstancias en que siento que ando descerebrada de
interrogantes. Las muñecas y las princesas me van dejando sola, como si
adivinaran la nostalgia que me obnubila los dientes.
Muestro la máscara a la familia pequeña
burgués que disimula fantasmas, preocupada por las doce uvas frescas e
hipertróficas y, espera que sean las cero horas para soltar las lágrimas contenidas
tantos meses: yo los abrazo, les regalo las muelas y se las guardan en sus
pelucas.
Me siento malvada por el abismo que
gobierna entre mi taza de café y la de té de mi madre, sus manos de mundo y las
mías de ciénagas; la ropa de mis hermanos y mis zapatos nuevos y pequeños; mis
ojos de ramas y la pupila de estufa de mi padre, aún veo sus garras beodas de
la infancia, y no tanta infancia: el miedo, las ganas de huir. Va en pausas el
rostro de mamá, mamá se desviste, esconde heridas, los hijos son más
importantes que el cuerpo mutilado de esquinas, de la infidelidad del ogro.

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