La casa del Brujo
“Se llamaba Soledad y estaba
sola”
Joaquín Sabina
El helio no basta en los dardos hacia la cruz. El
brujo sacrifica su miocardio y en la fase REM Satanás le reclama sus
desventuras.
Los hombres de palabras esnóbicas viven en una
sucursal de manicomios y mandiles. No vale colgarse antes de tiempo como
péndulos de mercado. Mi cuerpo reposará en los lagos de sus pómulos, hasta que
la vena estalle cercando los nervios. El problema de querer morirse es que ella
hace caso omiso a los desventurados, cómo un niño malcriado que destruye las
ruedas de su ferrocarril. El problema de la locura en los puños no es el
Parkinson, ni mi madre multiplicada en los estanques. El hastío es mi estómago
y su complejo de cigüeña en las farmacias, las sobredosis sirven de abrigo, y
el invierno se masturba con las cicatrices de esqueletos sobrepoblados de
tuercas.
La muerte se divierte viéndome morder uñas y
coleccionar ósculos en los cajones. Ella sabe del monstruo que vive en mis
lunares. ¿Y qué son los sueños sino la codicia del Yo en la penumbra? ¿Y qué
son las manos sino alas atrofiadas? ¿Y qué son los seniles gesticulando culpas
en la casa de piedra del descalzo, sino el tiempo en sus arrugas, el
arrepentimiento de haber sido herejes una mañana en los retratos?
Hay mutismos en mi cerebro. La raíz se pudre. Ellos no
lucharán por mí, la dueña de los gritos abandonó el color de los árboles y el
suspiro de los dientes desgranados del maizal. Me atan a la gracia de vivir
desgraciada, poseída de nínfulas, derribada sin poder atrapar las veredas.

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