Hay una mesa paralela a un jardín arcaico.
Yo extiendo mi regazo en las horas que dura el cielo sin su cinética de
dinosaurios ególatras. De vez en cuando dejo las meninges escondidas en los
bolsillos porque me hastía su dolor huérfano en mi cráneo, su llanto circular,
su complejo enano de fábula.
Entre el jardín y la mesa viven
escribidores atrapados en smokings soñando el sueño que tuve hace dos siglos.
Es muy tarde, me he ido, he dejado el cuerpo perforado, la sonrisa y su juerga
muscular. No necesito pies para sembrar terror en las vías. Ni la péndola. Ni
el papel calcinado entre mis dedos. Tengo dos libros en las sienes. La mujer de
helio me enreda en sus piernas, mastica mis pezones hasta arrancarlos. Está
enferma de rabia y con el perro atravesado en sus costillas. Debo soportar sus
días de témpano, desde acá observo a los escribidores abandonar el suicidio
anticipado. Uno de ellos, tiene el corazón de virgen de estampilla.
Cuando la mujer de helio llega al barrio
de Midas, abre la boca y expulsa su globo. Se calza los huesos, nervios y
arterias debajo de las piernas. Yo la espero. Deposito la lengua a su costado,
mientras corro con las venas cual péndulos de sanatorios. Ella cura mis
muñecas, adormece la anemia. Ella es fuerte. Ella apretará el gatillo en el
desierto.

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