De Títeres
Es linda la muñeca de trapo, con su cabello sangre barroco, y sus
flequillos tan cortos como su voz en las catacumbas. Ella es buena, come y gasta
lo indispensable. Yo le amoldo la sonrisa, le muevo los pies y camina de mis
manos que articulan sus zapatos aferrados a sus pies como un injerto de silla
que descansa, que es reloj, portarretrato, florero. Ya me duermo, porque nadie
ama una lágrima que se reproduce como los peces y panes de aquellos días cuando
la inocencia circulaba por el aire y se cortaba medio centímetro de ala cada
madrugada. Soy la culpa de los hijos de Eva. Porque la tristeza es grande entre
los párpados, cuando hay tantas manos que me arrastran a la orilla mientras
maldigo mis bolsillos con piedras y el oxigeno me
perfora. Qué más queda que ser el maniquí que muestra colmillos, muslos,
alevosía. Qué bien se torna todo fuera de la vitrina. Pero dentro de esa
urdimbre y mi vestidito rosa y zapatos, y las tripas de algodón, algo se pudre,
algo es despoblado de nubes. Yo muero, y esto que escribo es una sopa de largos
ojos pestañeando blasfemias. Soy la muerte de mis padres. Qué pretenden
regalándome sus guantes de hule, sus ojitos tecnicolores. Sigan manipulándome,
inventen mi voz. Vivan en mis húmeros.

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