La Bomba Estalló
Mi rostro gira en la esquina y se estaciona en la vereda de las
colillas. Hemos fumado demasiados trajes y Baco está hastiado de golpear el
epigastrio. La cruz a cuestas, mamá en el calcetín. Hemos destruido el castillo
de naipes y su puerta acuclillada en nuestras muñecas. Cómo si la
farmacodependencia tuviera pestañas, pupilas, articulaciones. Nos quieren
separar desde el útero, se fuga el helio mientras lloramos. Esas piernas que
caminan sin nosotras, inventando la caída.
La hecatombe susurra en mi antebrazo, y los muebles hablan y se espantan
de ver mis muñecas perforadas, la sombra sigue igual, mordida en las sienes.
Nuestro hipogloso recibe la lluvia de mayo, y nos decimos escaleras canosas.
Madre, insomnio, vagina mutilada, entender que somos dos los vástagos
que pariste es un precipicio. Decirte que no amo tus ojos cuando se estacionan
sódicos en las esquinas de nuestros abrazos, suplicarte que sueltes mi fémur,
que me dejes las rocas en los bolsillos mientras asiduamente me doblo, me
hidrato, me atavío de piélago.
Mamá, soy libre desde que abro mis piernas y los dedos coagulan la
torre.
Los picos intentando cruzar los vidrios, las cortinas tapando el sol,
vos a las 8 a .m.
con el vaso de hierbas, brujas, santos, y la pastillita que me hace coser las
pestañas. No viajo, en las costillas tengo islotes, la costumbre de hacerme
hormiga y esconderme entre el césped que hay entre los besos de frente de mi padre
y los retratos de huérfana en el humus engendrando heridas, puertas, culpa.
Sigo pendiente del botiquín de casa, de las armas blancas.

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