Los Sombrereros
Los de piernas largas y voz de saurio siempre han
tenido una severa parálisis del nervio hipogloso.
Desde que vi su fémur sostenido de placentas supe que
sería un peligro saludarlo, porque las cuerdas vocales se condensan en esnobismos.
Debería haberle roto la boca con la mía antes de que empiece su monólogo de
hemodiálisis. Debí callar, sobre todo, y colocar mis manos en su mandíbula de
unicornio. Debí lamerle las heridas y no pretender ser un presbítero.
Apresuré el silencio y mientras tocaba mi luz, mi Parkinson
hacía juerga en mi dermis. Soy el dragón de los cuentos como el moho en las
piedras que las vuelve sensibles.
Como lobos cuidando nuestros reflejos y sin darnos
cuenta que rompíamos la única vajilla de la casa. Nos quedamos sin platos para
las visitas.
No entiendo eso de pescar en las tumbas de los antros
a las niñas que ríen como hienas prendidas a sus tacones de agujas, que sueltan
sus atavíos como globos de cianuro. Y ellos, las llamarán intensas, se
taponarán los oídos cuando intenten pronunciar un terremoto.
Les gustan las mujeres libertinas que se mofan de la
mosca que se estaciona de retro en su copa y llevan a sus lenguas, sin darse
cuenta que han cumplido el ciclo biológico de un insecto.
De nosotras, no huyen e intentan incinerar nuestras
alas, las que pronunciamos oníricamente los besos.
Quise ser alcanzada, no ser exiliada, que me des manos
o uñas, que no abandones el abismo. Porque el cerebro y los cariñosos golpes de
espalda que tatuamos en sus pupilas midriáticas, no son peticiones, son gritos.
Deberían estar sordos de tantos colores que expandimos
en la atmósfera. Las otras están bailando bajo mis pies, rezando sus elegías
ofídicas. El pecado original proviene de
la boca, de la palabra que ruge ante las montañas, esa voz que atrofiaste.
No me dejes caer, ni devaluar mis dientes. No dejes ir
a la que te ha brindado la ruleta rusa de sus ánimos. La de sonrisa
innombrable.
Desde el orificio de la puerta espero que decidas
hacer puño y rozar la cajita de música e intento no volver a destrozar tu
columna de juguetes. Ando circulando entre tus plaquetas. Tu boca tiene el
dolor más hermoso del mundo.

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