viernes, 22 de junio de 2018

Los Sombrereros (La Mujer de Helio) - Dina Bellrham

Los Sombrereros


Los de piernas largas y voz de saurio siempre han tenido una severa parálisis del nervio hipogloso.

Desde que vi su fémur sostenido de placentas supe que sería un peligro saludarlo, porque las cuerdas vocales se condensan en esnobismos. Debería haberle roto la boca con la mía antes de que empiece su monólogo de hemodiálisis. Debí callar, sobre todo, y colocar mis manos en su mandíbula de unicornio. Debí lamerle las heridas y no pretender ser un presbítero.

Apresuré el silencio y mientras tocaba mi luz, mi Parkinson hacía juerga en mi dermis. Soy el dragón de los cuentos como el moho en las piedras que las vuelve sensibles.

Como lobos cuidando nuestros reflejos y sin darnos cuenta que rompíamos la única vajilla de la casa. Nos quedamos sin platos para las visitas.

No entiendo eso de pescar en las tumbas de los antros a las niñas que ríen como hienas prendidas a sus tacones de agujas, que sueltan sus atavíos como globos de cianuro. Y ellos, las llamarán intensas, se taponarán los oídos cuando intenten pronunciar un terremoto.

Les gustan las mujeres libertinas que se mofan de la mosca que se estaciona de retro en su copa y llevan a sus lenguas, sin darse cuenta que han cumplido el ciclo biológico de un insecto.

De nosotras, no huyen e intentan incinerar nuestras alas, las que pronunciamos oníricamente los besos.

Quise ser alcanzada, no ser exiliada, que me des manos o uñas, que no abandones el abismo. Porque el cerebro y los cariñosos golpes de espalda que tatuamos en sus pupilas midriáticas, no son peticiones, son gritos.
  
Deberían estar sordos de tantos colores que expandimos en la atmósfera. Las otras están bailando bajo mis pies, rezando sus elegías ofídicas.  El pecado original proviene de la boca, de la palabra que ruge ante las montañas, esa voz que atrofiaste.

No me dejes caer, ni devaluar mis dientes. No dejes ir a la que te ha brindado la ruleta rusa de sus ánimos. La de sonrisa innombrable.

Desde el orificio de la puerta espero que decidas hacer puño y rozar la cajita de música e intento no volver a destrozar tu columna de juguetes. Ando circulando entre tus plaquetas. Tu boca tiene el dolor más hermoso del mundo.

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