Perífrasis Del Poema.
Es claro que éste
es el poema gobernante, prolífico.
Pero mi tortuga
está hambrienta. Quisiera rozar mi dedo índice en su cabeza, que sencillamente
me la imagino viscosa como sus patas traseras; todas mis fobias se concentran
en unos besos hasta que mi boca queda plisada en el vidrio donde la observo, y
mi mano cuenta escudos en su caparazón: mi tortuga se eleva, y pienso que ama
tanto mis dedos en sus placas que le he provocado un orgasmo.
Todo mi cuerpo se
concentra en el poema que va a nacer. Lúdico, y mi cerebro se llena de cabezas
de penes; debería masturbarme antes de escribir. La tierna, muda, pug, de ojos
intranquilos, que me recuerdan a alguien que una vez me cortó algo, está
extrañada; mi cuerpo es violento, mi mano baja y atrapa una ola, hasta que es
arrastrada al fondo y pierde los dedos. Mi vejiga está hinchada que debo correr
con el short junto a los pies y mi perra espera en la puerta del baño, cuando
realmente no alcanzo a verla; se rompen otras olas: mi mascota me parece una
fotografía vidriosa.
Me vuelve el
poema, que debo, es obvio, hay que escribir, todas las ideas están metidas en
los pulmones; pero la flema se ha movido, no sé si está, o se fue en la ola, o
se quedaron prendidas en el filo de uno de mis vellos púbicos, o está en medio
de la uña, junto con estreptococos, cuando bajó mi mano. He cocinado mis pies
dos horas en la tina, mi rostro es un anciano en el espejo, pero los senos
siguen erectos, rosados como las vulvas de las nenas en aquellas maternidades
donde sus nombres están escritos tan bellamente, mientras sus familias las miran
desde el vidrio, y plisan sus manos, además de sus bocas.
De lo desnudo que estaba mi reflejo ahora tiene medias
de colores azules y verdes haciendo cuadros, hay dos centímetros de piel hasta
llegar a una licra, la chompa blanca es amplia que podría entrar un librero o
una nube. El poema reposa en mi saliva, y estoy otoñal. Yo misma soy hija, y
tengo dos hijos, la niña duerme en el piso, almohada y osito del tamaño de
ella, no puedo abrazarla, tan finísima, entra en mi cuello, si pudiera contarle
fábulas… es muda, no habla como el otro, oscuro como la noche. Mi amiga me
pregunta si escribo poemas, en este instante ─ella es la liebre─, olvida su
antigüedad que perdemos tiempo presentándonos continuamente. Miento. Le he
dicho que el poema es magnífico, y vuelve a su etereidad: el asesino aparece en
escena apenas dos amantes terminan una buena actuación coital. Reímos hasta que
nuestra columna se curva, me duele exageradamente el diafragma que recuerdo que
no hay poema.

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