Los Amorosos Anónimos
Ser la cazadora de
los unicornios en los cuentos donde los castillos apenas se reconocen o son
fosas donde descansan los sapos que jamás se convertirán en príncipes, ni
siquiera en hamacas en donde reposar mis voces maniatadas es vicioso,
cancerígeno. Todos quieren dos piernas abiertas en el desayuno y espaldas
nutridas de llanto para no recordar los rostros. Queremos zapatos de fiestas y
huellas descalzas para transitar en casa sin que ningún reflejo o timbre nos
moleste en los paseos oníricos, queremos andar solos y acompañados cuando la
entrepierna murmura como esquizofrénico en plena escena idílica. El reloj nos
gana la carrera siempre, y ya es tarde cuando no nos reconocemos en las fotos
del bautizo del hijo del mejor amigo, ni en el carnet de secundaria, cuando
éramos embriones, ebriamente felices. Yo he lamido heridas ajenas sólo por asegurarme
una bufanda en tiempos gélidos, aunque iba ahorcando la esperanza y los amores
con besos de niños. Crecemos y se nos mueren las alas. Nos hacemos mundo y
giramos pretéritos, insanos. Yo me he vuelto el dragón de los cuentos, pero ya
me cansa eso de buscar escondites en cuerpos vacuos que sólo desgastan sus
pasos en sábanas y noches mustias. Me cansé de los amorosos anónimos y sus
lapsus de primaveras.

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