Encenderme
Acostumbrada a
reposar en los ceniceros y en las cloacas. Eso de encenderme la luz del velador
en media pesadilla es atroz. Desnuda me anuncio tumba para asustar a los
príncipes y me vuelvo a esconder en las hojas de Alejandra: su silencio es
perpetuo, como el gas de la estufa cuando lo dejas hambriento queriendo que
pase lo atemporal. Que me traguen los árboles otoñales, las sillas de ruedas,
el purgatorio; que me secuestre Cerbero en su uña ponzoñosa; que se mueran esas
alevillas que renacen las úlceras. Todo el miedo lo he bebido en una danza de
falanges, estacionadas como fiestas de diabéticos crónicos. Rompen mi ventana
los picos de pájaros relámpagos, de pájaros sonrisas, de pájaros murmullos.
Incrédula, hasta de mí reflejo que me rasguña tiempos de arena y cocteles. Es
difícil acercarse a la humanidad cuando hueles con impotencia las flores que
vienen a regalarte cada mañana en tu lápida.

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