Muñecas mudas
Hay princesas en la
alacena de la casa carente de espectros. He visto sus faldas cual campanas de
iglesias, retumbando pentagramas prolijos. Mientras el agua inunda maceteros,
las princesas salen a buscar dragones alopécicos. Les pesan los kilos de tela
en sus entrepiernas, sus alarmas pudoríficas en los pechos.
Cuando todos duermen
(incluso yo), salen a observar a la mujer de helio que posa desnuda frente a un
lavabo, tiene el arma entre sus dientes, tiene dientes en sus muñecas de
espantapájaros hay planetas mientras sus pupilas se cuartean, le crecen alas en
los vocablos, le caben litros en las palmas, se condensan, los ultraja. Hay
atardeceres cuando deshabita el mundo. Odio verla, no me escucha cuando disparo
plegarias en su lengua quimérica.
El sol vocifera su
grito de fotones. Mis muñecas están rotas. Hay murciélagos en el techo. Ellos
fueron. Ellos bebieron los relámpagos de sus rizos. Mis muñecas se han quedado
mudas.
La mujer de helio
Dina Bellrham
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