Atadas
Me llaman cansancio:
Llevo horas
buscándola. Ella duerme en las cloacas, en las faldas de las putas, en las
damas de casas aglomeradas de muebles. La observo atada de hálito en la
intemperie de falanges, en las raíces de mi estómago. Somos un sólo músculo
agrietado en las paredes.
Las pastillas hacen fila para sucumbir a mi garganta. A veces pensamos
que es el fin y sonreímos de muelas. Me nombran sufrimiento como si mi lengua
fuera el hielo en los vasos. Entonces el alba se convierte en precipicio, me
aferro a ti mujer de helio, nosotras las insurrectas, las alevillas que se
incendian en las lámparas. Porque nos gusta eso de cazar ascensores, de
alejarnos de ellas que duermen asténicas, que nos resguardan el reflejo, que
nos prefieren mundanas, insómnicas, vivas.
¿Qué hacemos ahora con tantos cuerpos violando nuestra cúpula? Con este
orbe tan cuadrado de mente, con esto que ya no es mío, nuestro. Con los niños y sus llantos oxidados.
¿Qué hago conmigo? Si afuera la
cinética corroe mis huellas, si de a poco me coso los ojos. Si el sol se me ha
vuelto hipocondriaco. Y el amor terminó de digerir el hambre de mi entrepierna.
Me llaman sufrimiento y a veces doy lástima a los perros.
La mujer de helio
Dina Bellrham
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