viernes, 30 de marzo de 2018

De títeres - Dina Bellrham

De títeres

Es linda la muñeca de trapo, con su cabello sangre barroco, y sus flequillos tan cortos como su voz en las catacumbas. Ella es buena, come y gasta lo indispensable. Yo le amoldo la sonrisa, le muevo los pies y camina de mis manos que articulan sus zapatos aferrados a sus pies como un injerto de silla que descansa, que es reloj, portarretrato, florero. Ya me duermo, porque nadie ama una lágrima que se reproduce como los peces y panes de aquellos días cuando la inocencia circulaba por el aire y se cortaba medio centímetro de ala cada madrugada. Soy la culpa de los hijos de Eva. Porque la tristeza es grande entre los párpados, cuando hay tantas manos que me arrastran a la orilla mientras maldigo mis bolsillos con piedras y el oxigeno me perfora. Qué más queda que ser el maniquí que muestra colmillos, muslos, alevosía. Qué bien se torna todo fuera de la vitrina. Pero dentro de esa urdimbre y mi vestidito rosa y zapatos, y las tripas de algodón, algo se pudre, algo es despoblado de nubes. Yo muero, y esto que escribo es una sopa de largos ojos pestañeando blasfemias. Soy la muerte de mis padres. Qué pretenden regalándome sus guantes de hule, sus ojitos tecnicolores. Sigan manipulándome, inventen mi voz. Vivan en mis húmeros.



La mujer de helio
Dina Bellrham

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