De
títeres
Es linda la muñeca de trapo, con su
cabello sangre barroco, y sus flequillos tan cortos como su voz en las
catacumbas. Ella es buena, come y gasta lo indispensable. Yo le amoldo la
sonrisa, le muevo los pies y camina de mis manos que articulan sus zapatos
aferrados a sus pies como un injerto de silla que descansa, que es reloj,
portarretrato, florero. Ya me duermo, porque nadie ama una lágrima que se
reproduce como los peces y panes de aquellos días cuando la inocencia circulaba
por el aire y se cortaba medio centímetro de ala cada madrugada. Soy la culpa
de los hijos de Eva. Porque la tristeza es grande entre los párpados, cuando
hay tantas manos que me arrastran a la orilla mientras maldigo mis bolsillos
con piedras y el oxigeno me perfora. Qué más queda que ser
el maniquí que muestra colmillos, muslos, alevosía. Qué bien se torna todo
fuera de la vitrina. Pero dentro de esa urdimbre y mi vestidito rosa y zapatos,
y las tripas de algodón, algo se pudre, algo es despoblado de nubes. Yo muero,
y esto que escribo es una sopa de largos ojos pestañeando blasfemias. Soy la
muerte de mis padres. Qué pretenden regalándome sus guantes de hule, sus ojitos
tecnicolores. Sigan manipulándome, inventen mi voz. Vivan en mis húmeros.
La mujer de helio
Dina Bellrham
No hay comentarios.:
Publicar un comentario