Prólogo
Dina Bellrham, un
oasis de aguas y sombras, de luz en ocaso penetrando el mar. Paloma en vuelo a
un destino que se prevee, que se canta a sí mismo un objetivo… Un eco de gritos silenciosos que reclaman
espacio, tiempo en otro tiempo, vida en el silencio…
Se me ocurre que todo
su legado poético está lleno de infinitas metáforas que guardan una dimensión,
un encuentro con un mundo desconocido y a la vez profundo e inexorable.
Imperceptible a nuestros ojos, pero perfectamente retratado en la musa de sus
horas, de sus rimas, de sus prosas.
«Extraño el amor
puro, lo extraño como sólo yo tengo idea, confundo amistad por amor a mí sólo me
toca la amistad, es injusto… Cuando poseo las ocho patas de aquella araña de
fragmentos esnóbicos… Extraño el beso puro.
Quieren que esté
contenta, radiante ¿Cómo? Si hasta me gusta escribir en la oscuridad… Es mucho más honesta que el sol, a la larga no
produce cáncer…»
Dina Bellrham, una
artista con mirada viceral, anatómica y gótica al mismo tiempo. Una protesta
permanente por lo convencional y lo aberrante, por lo contextual en este mundo donde
todo es versión de otra cosa que ya existe y no trasciende.
«Perturbó ramas, techos,
camas, vientres; a veces sus ojos eran rayos o estaciones repletas de maletas, muros,
hornillas, sangre; los pulmones caminaban en cuclillas y musitaban con seres
inanimados. Todos son sus manos, sus cajones. Sabe que me rompo en las fronteras, sin
sábanas, o sin postres; que soy adicta a las piernas en cordeles y dinamitadas,
fundidas, danzantes.»
Sus versos videntes y
premonitores dejan ver un camino trazado en la niebla misma, pero con brillo de
estrella después de su partida.
«Mis palabras se están
desvaneciendo. Se están filtrando en mis
miedos, los sonidos se evaporan. Mis palabras me vestían, me daban de comer, me
hacían reír. Hoy me escondo de sus ecos.
Los que hablan no soy yo. Soy tripas. Mis palabras eran de tripas.
No sé dónde están.
¿No entiendes que no me encuentro, que me quiero ir? Sólo sé, que me cansé de andarme despidiendo,
despedirme y no irme, es cansador, como subir al relámpago y no explotar. A lo
mejor es eso, irse sin despedirse, porque las paredes y las palabras se
cansaron de oírme despedir. Mi soledad nunca divaga, tiene hogar, tiene un templo. Debo ir al silencio. Si no voy al silencio y voy directo
a la batahola, seré el bufón de mi reflejo. Hay que ir al silencio, siempre al
silencio.»
Una poeta con
nombre propio, con estilo propio, con un adiós muy suyo. El de Dina Bellrham….
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